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Marcos Juan BELGRANO LAGACHE

M  General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González Casero

Alias:  General Belgrano



General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González Casero
  • Nacido el 3 de junio 1770 - Buenos Aires, Argentina
  • Fallecido el 20 de junio 1820 - Buenos Aires, Argentina , a la edad de 50 años
  • Enterrado - Iglesia de Santo Domingo (Mausoleo)
  • Abogado, Periodista, Economista y Militar - Secretario del Real Tribunal del Consulado - Creador de la Bandera - Asistente al Cabildo Abierto de 1810 y Vocal de la Primera Junta de Gobierno

Padres

Casamiento(s) e hijo(s)

Hermanos y hermanas

Notas

Nota individual

Belgrano cursó las primeras letras en Buenos Aires. En el Colegio San Carlos, bajo la dirección del Dr. Luís Chorroarín, estudió latín y filosofía, acordándosele el diploma de licenciado en esta última disciplina el 8 de junio de 1787, cuando ya se encontraba en España adonde lo había enviado su padre para instruirse en el comercio.

Sin embargo, fue en la Universidad de Salamanca, donde se matriculó, graduándose de abogado en Valladolid en 1793. Poco ha contado Belgrano de su paso por las aulas peninsulares. Más le interesaron las nuevas ideas económicas, las noticias de Francia y su revolución - filtradas a pesar de la rigurosa censura -, las discusiones de los cenáculos madrileños donde se hablaba de los fisiócratas - mágica palabra - y hacían adeptos Campomanes, Jovellanos, Alcalá GaIiano.

Conoció la vida de la Corte, viajó por la Península, leyó a sus autores predilectos en francés, italiano e inglés; cultivó, en fin, su espíritu. Durante su estadía en Europa, Belgrano se dedicó al estudio de las lenguas vivas, de la economía política y del derecho público.

Cercana la hora del regreso recibió a fines de 1793 una comunicación oficial en Ia que se le anunciaba haber sido nombrado Secretario perpetuo del Consulado que se iba a crear en Buenos Aires. En febrero de 1794 se embarcó para el Plata. Iniciaba, así, a los veinticuatro años de edad, su actuación pública. Hasta su hora postrera, estaría consagrado a servir a sus compatriotas.

Apoyó la creación de establecimientos de enseñanza, como las Escuelas de Dibujo y de Náutica. Redactó sus reglamentos, pronunció discursos, alentó las vocaciones nacientes y trató de dar solidez a estas escuelas, prontamente anuladas por la incomprensión peninsular.

Halló todavía tiempo para traducir un libro de Economía Política, redactar un opúsculo sobre el tema, contribuir a la fundación del "Telégrafo Mercantil", e interesar a un grupo de jóvenes que como él deseaba lo mejor para su patria, en los principios fundamentales de la economia; política. No descuidó, sin embargo, su tarea específica de secretario del Consulado, donde detallada y cuidadosamente, redactaba las actas. Durante una década - agitada ya por fermentos e inquietudes - se preparó para manejar a los hombres y encauzar los acontecimientos. El primer cañonazo del invasor inglés - que precipitó los hechos- alejará a Belgrano de su bufete, para lanzarlo a la acción.

El 27 de junio de 1806 fue un día de luto para Buenos Aires. Bajo un copioso aguacero desfilaron hacia el Fuerte los 1.500 hombres de Béresford, que abatieron la enseña real, mientras el virrey Sobremonte marchaba, apresurado, hacia Córdoba.

Belgrano - capitán honorario de milicias urbanas - había estado en el Fuerte para incorporarse a alguna de las compañías que se organizaron y que nada hicieron, luego, para oponerse al invasor. "Confieso que me indigné; me era muy doloroso ver a mi patria bajo otra dominación y sobre todo en tal estado de degradación que hubiera sido subyugada por una empresa aventurera, cual era la del bravo y honrado Béresford, cuyo valor admiro y admiraré siempre en esta peligrosa empresa".

Días más tarde los miembros del Consulado prestaron juramento de reconocimiento a la dominación británica. Belgrano se negó a hacerlo, y como fugado, pasó a la Banda Oriental, de donde regresó, ya reconquistada la ciudad, aunque habían sido sus propósitos participar en la lucha popular.

Al organizarse las tropas para una nueva contingencia, Belgrano fue elegido sargento mayor del regimiento de Patricios. Celoso del cargo, estudió rudimentos de milicia y manejo de armas. y asiduamente cumplió con sus deberes de instructor. Cuando quedó relevado de estas funciones fue adscripto a la plana mayor del coronel César Balbiani, cuartel maestre general y segundo jefe de Buenos Aires. Como ayudante de éste, actuó Belgrano en la defensa de Buenos Aires.

Durante la gran semana de mayo - sucesión de días nerviosos y febriles que culminan en el general regocijo del 25 por la noche - Belgrano participa en todas las gestiones que se realizan para forzar la decisión anhelada por los patriotas.

La primera noticia concreta de lo que ocurría en España la tuvieron Belgrano, Saavedra y Castelli por una gaceta escapada a la censura del Virrey y que, traída en una fragata inglesa; fue apresuradamente traducida por Agustín Donado. La Junta Central de Sevilla se había disuelto; para los criollos las colonias quedaban ahora desligadas políticamente de la Península.

El día 18 el virrey Cisneros dio su proclama. Admitía la gravedad de la situación y pedía serenidad al pueblo. El inoportuno comunicado decidió a los tímidos. Al día siguiente, contándose ya con la necesaria participación de Saavedra, se resolvió actuar. La inquietud había Ilegado al pueblo. El domingo ocurrieron incidentes y tumultos en pulperías y plazas; grupos nerviosos tomaban partido. Saavedra y Belgrano, por encargo de sus amigos, entrevistaron al alcalde de primer voto, Juan José Lezica, y solicitaron la reunión de un Cabildo Abierto.

El 21, es el pueblo acaudillado por Belgrano, French, Beruti. Rodríguez Peña el que Ilega en busca de noticias hasta las puertas del Cabildo, que está deliberando. Una vez más, Belgrano habla en representación de todos. Resueltas las dificultades artificialmente creadas por los españoles, se realiza el 22 de mayo el Cabildo Abierto. El largo debate y la no menos larga votación ocuparon todo el día y parte de la noche Ia sesión debió suspenderse, pero a su término ya estaba decidido, por la mayoría, la deposición del virrey y la entrega del gobierno al Cabildo, mientras se procedía a la instalación de una junta. El 23 se asiste a la postrera tentativa de los españoles para detener el movimiento revolucionario.

Al día siguiente se reúnen una vez más los criollos en la casa de Rodríguez Peña Belgrano, que observa la vacilación de algunos y la fatiga de todos, les advierte su inquebrantable propósito de imponerse, aunque tenga que recurrir a la violencia de las armas. Esta decisión los enardece. Nada hará vacilar en adelante a los jóvenes revolucionarios.

El viernes 25 de mayo, desde temprano, los grupos populares ocupan la galería de acceso al Cabildo, resguardándose de la lluvia pertinaz y fría. La gente aumenta y muchos están en los cuarteles donde los soldados permanecen apercibidos. Belgrano. Azcuénaga, Rodríguez Peña, French, Beruti, llegan a la Plaza Mayor. Se delibera con los cabildantes peninsulares; las conversaciones se hacen largas y fastidiosas: el propósito dilatorio de las mismas es evidente. El pueblo se impacienta. El clima se torna amenazador y la resistencia cede.

Una nueva era se inicia esa mañana para los pueblos del Plata. Se proclaman los nombres de los componentes de la Junta Provisional. Belgrano es designado vocal. Y quien tanto había hecho por precipitar el estallido, es el más sorprendido por tan honrosa elección: "Apareció una Junta de la que yo era vocal, sin saber dónde ni por dónde..."

Durante el breve lapso de su actuación en la Junta, Belgrano actuó con su habitual entusiasmo. Había sido designado presidente de la Junta de Monte-Pío de ministros de justicia y real hacienda y protector de la flamante Escuela de Matemáticas,cuyo discurso inaugural pronunciara, sin abandonar, por otra parte, sus tareas de redactor del "Correo de Comercio". Dos actos de este período subrayan su desinterés excepcional: cede su sueldo de vocal de la Junta para financiar la expedición militar a Córdoba y dona gran parte de sus libros para formar el acervo inicial de la Biblioteca Pública, recién fundada por iniciativa de su amigo Mariano Moreno.

"Me hallaba de vocal de la Junta Provisoria cuando en el mes de agosto de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay. La Junta puso las miras en mí para mandarme con laexpedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella: admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la Capital, y también porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos . . . ".

La hostilidad del gobernador del Paraguay don Bernardo de Velazco hacia la Junta de Buenos Aires, decidió el envío de una expedición; se iba a auxiliar con la fuerza armada a los pueblos de Entre Ríos, la Banda Oriental, Corrientes y Paraguay.

La expedición se preparó en San Nicolás de los Arroyos, lugar donde Belgrano se hizo cargo del mando. Encontró soldados bisoños, oficiales sin instrucción, escasez de parque; no tenía órdenes detalladas y precisas, carecía de mapas adecuados; sólo vislumbraba un largo y agobiador camino hacia lo desconocido. Aun las disposiciones de rutina eran para el jefe improvisado una novedad, pero con decisión inquebrantable solucionó, sobre la marcha, los problemas, interiorizándose de la técnica militar, aprendiendo y superándose día a día, siendo ejemplo permanente de lo que puede la voluntad de servir.

Los pueblos celebraron a su paso a este ejército de libres, lo que confortó sus ánimos. Al llegar a Corrientes, siempre alerta el espíritu civilizador de Belgrano, dispuso el trazado definitivo de dos pueblos, Curuzú-Cuatiá y Mandisoví, con un extenso e ilustrativo reglamento.

A los tres meses de la partida, su ejército realiza la primera operación militar: fuerza el cruce del río Paraná y toma Campichuelo, ocupado por los realistas. En Itapúa, donde se prepara para las futuras acciones, aún halla tiempo para redactar un humano documento, el Reglamento para los indios de las Misiones. El 19 de enero de 1811 los 700 hombres de Belgrano se enfrentaron en Paraguay con los 7.000 de Velazco. La lucha, iniciada con gran vigor por los patriotas terminó, como era lógico, dada la disparidad de fuerzas, con su derrota, no decisiva, ya qué Velazco ni intentó su posterior persecución.

Belgrano retrocede entonces, en buen orden, hasta Santa Rosa. Allí recibe comunicaciones del gobierno que le ordenan que ponga fin a la campaña paraguaya y se traslade, urgentemente, a la Banda Oriental. Prosigue entonces la retirada hasta las márgenes del río Tacuarí donde están apercibidos. los 2.000 hombres del general Manuel Cabañas, quien le intima rendición. Contesta Belgrano negativamente en una hermosa nota y la lucha se traba. Es encarnizada y larga. Dura siete horas. Luego se parlamenta. Y los héroes de la jornada obtienen entonces los;frutos del esfuerzo; pueden retirarse con armas y bagajes, honrados por todos, mientras su general - luchador en todos los terrenos siembra en el ánimo de los paraguayos la semilla de la libertad, que generosamente portaron en sus mochilas, desde 1810, los soldados de la patria.

El gobierno había ordenado a Belgrano que se dirigiera a la Banda Oriental, porque en ella se desarrollaban hechos decisivos y era necesario unificar el mando para evitar fricciones entre los jefes insurrectos de la campaña.

En abril, al llegar a Concepción del Uruguay, designa como su segundo a José Gervasio Artigas y toma las primeras providencias para extender la insurrección por toda la Banda Oriental. En estos momentos recibe la orden de entregar el mando a José Rondeau y regresar a Buenos Aires. La lucha política entablada en el seno de la Junta alcanzaba a quien, como Belgrano, se había alejado para evitarla.

Las diferencias entre morenistas y saavedristas habían hecho crisis, en un turbio movimiento, la noche del 5 y 6 de abril, que provocó el alejamiento del gobierno de los primeros y, entre otras providencias, la suspensión en sus funciones y grados a Belgrano, y la orden de su enjuiciamiento por la campaña del Paraguay. La reacción general hizo honor aI pueblo: nadie se presentó a deponer contra el jefe, gratuitamente ofendido; sus oficiales enviaron una nota que, al honrar a Belgrano, los honró a ellos; hasta los alcaldes de barrio alegaron en su favor. El error era tan evidente que para repararlo la Junta ofreció a Belgrano una misión diplomática en el Paraguay; pero éste exigió antes de responder, la substanciación deI proceso.

El 9 de agosto de 1811 se le da término con su reposición en grados y honores y considerandos Iaudatorios. Al día siguiente Manuel Belgrano y el doctor Vicente Anastasio Echevarría son designados representantes ante el gobierno paraguayo, donde un movimiento popular había reemplazado al gobernador Vélazco, por una Junta en la cual gravitaba don José Gaspar Rodríguez de Francia.

La actitud del nuevo gobierno al alejarse de la órbita porteña; explica el viaje de los dos comisionados. El 12 de octubre de 1811 los representantes argentinos firmaron con los paraguayos una convención que, en esencia, es el reconocimiento de la independencia del país del norte.

De regreso en Buenos Aires, Belgrano, coronel del Regimiento de Patricios, hace frente a un grave motín de los mismos. Sofocado sangrientamente por el gobierno, Belgrano debe marchar, ahora, a Rosario, donde se fortifica la margen derecha del Paraná. Una vez más encuentra soldados bisoños, escasez de materiales, dificultades que vencer. Como siempre, en sus informes al gobierno, al puntualizar los problemas, presenta las probables soluciones con que deben encararse los mismos.

En su nota del 13 de febrero propone que la escarapela que distinguía a nuestros soldados, fuera única para todos y distinta de la española. Cinco días más tarde el Triunvirato responde con el decreto que dispone la suplantación del rojo distintivo realista por la escarapela celeste y blanca. Dado ya el primer paso, distribuidos los nuevos colores, tan populares entre los criollos, designa Belgrano a las nuevas baterías - que el celo del coronel Monasterio está terminando - con los sugestivos nombres de Libertad e Independencia.

Finalmente, el 27 de febrero de 1812, ante sus hombres formados en cuadro, les presenta la bandera celeste y blanca de su creación. Breve es la proclama y rotundo el juramento: "Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad".

Belgrano informa al gobierno, la desaprobatoria respuesta de éste no llega hasta él; de acuerdo con las órdenes recibidas, el 1 - o el día 2 - de marzo se ha puesto en marcha hacia el Alto Perú.

La revolución agoniza en las altas puertas del norte de la patria. Hacia el drama norteño se dirige ahora Belgrano, para rescatar, de la sima en que se halla, la causa de mayo - que es la suya - para ilustrar los fastos de la patria con los milagros de Tucumán y de Salta.

La derrota de Huaqui echó por tierra las esperanzas norteñas de un fácil triunfo por el norte. Los hombres salvados del desastre son recibidos por Pueyrredón en Jujuy y bajan lentamente hasta Salta. En Yatasto los encuentra Belgrano, el nuevo jefe, quien recibe los 8O0 hombres, reliquia del ejército del Norte, sin armas, desmoralizados, incapaces al parecer de luchar, otra vez, contra los hombres de Goyeneche. "La desercion es escandalosa - escribe al gobierno - y lo peor es que no bastan los remedios para convencerla, pues ni la muerte misma la evita. Esto me hace afirmar más y más en mi concepto de que no se conoce en parte alguna el interés de la patria, y que sólo se ha de sostener por fuerza interior y exteriormente". La tarea que debe realizar es agotadora: reorganizar los cuadros, disciplinar los soldados, abastecer el ejército, dar ánimos a la población. En fin, crear solo, en un puesto donde la improvisación puede ser fatal para todos, un ejército armónico, disciplinado y apto para luchar contra los aguerridos regimientos que comandan los españoles.

Se vuelve, entonces, ordenancista al extremo. Su rigor, su inflexibilidad, su intolerancia para cualquier falta del servicio, le enajenan la popularidad entre la mayoría, pero salvan a todos y, con ello, a la patria. Dentro de las rígidas normas que establece en su ejército, se forman hombres que honrarán las armas argentinas: Manuel Dorrego, José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Cornelio Zelaya, Lorenzo Lugones. Son jóvenes entusiastas en cuyas almas arde la llama inextinguible de un patriotismo exaltado.

Goyeneche permanece, mientras tanto, detenido en el Norte por la insurrección cochabambina. Hasta Jujuy se dirige, entonces, Belgrano y en la vieja ciudad celebra, en 1812, el 25 de mayo. Por segunda vez presenta al pueblo y a los soldados la bandera de su creación, que es bendecida al término del tedéum por el deán de la Iglesia Matriz don Juan Ignacio de Gorriti.

Nuevamente el gobierno lo reprende por su actitud; Belgrano dolorido, responde en una nota: "La bandera la he recogido y la desharé...". Otras preocupaciones se suman: el estado sanitario de las tropas es deficiente, el paludismo hace estragos, los efectivos del ejército no aumentan en la cantidad que las circunstancias requieren, y Goyeneche, libre ya su retaguardia, se dispone a entrar en territorio argentino por la puerta grande de Humahuaca.

En agosto de 1812 se produce la invasión del ejército español, compuesto de 3.000 hombres, a las órdenes del general Pío Tristán, primo de Goyeneche y como él, natural de Arequipa. El 23 de agosto de 1812, dispuesta ya la retirada, lanza Belgrano su famosa proclama a los pueblos del norte: "Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad... Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres . . .".

Jujuy responde heroicamente al llamado patriótico. Y como en los viejos éxodos de la historia, todo un pueblo marcha con sus soldados - hijos de su seno - guiados por quien, sabedor de que esa es su hora de gloria, va sereno, hacia el campo de las Carreras, donde el drama ha de resolverse luego de treinta días de incertidumbre y duelo. La gente debía llevarse todo lo que podía ser transportado en carretas, mulas y en caballos. Y así lo hizo. Los pobladores siguieron a Belgrano cargando muebles, enseres y arreando el ganado en tropel. Cuando el ejército español llegó a las inmediaciones, encontró campo raso. Las llamas habían devorado las cosechas y en las calles de la ciudad ardían aquellos objetos que no pudieron ser transportados. Todo era desolación y desierto. El éxodo llegó hasta Tucumán, donde Belgrano decidió hacer pie firme. Pero la vanguardia realista había perseguido y hostigado a los patriotas y finalmente las atacó. El 3 de septiembre de 1812 se libró el Combate de Las Piedras, a orillas del río del mismo nombre. En esta ocasión la victoria fue para los patriotas.

El ejército del Norte se retira lentamente, hostigada su retaguardia por dos columnas españolas envalentonadas por la facilidad de la maniobra. Belgrano se afirma ya en la idea de hacer frente al enemigo en Tucumán. Pero las órdenes que recibe del gobierno son terminantes: destruir todo lo que pueda ser útil al enemigo y continuar retirándose hacia Córdoba. El 3 de setiembre un combate de retaguardia sobre el río Las Piedras, demuestra el temple de los soldados que intervienen en él e infunde esperanzas a todos. En las proximidades de la ciudad de Tucumán recibe Belgrano a una comisión que le ofrece los hombres y las armas disponibles para hacer frente a los realistas y, lo que es más, la decisión de vender caras sus vidas. Belgrano se decide; desobedecerá al gobierno para luchar al lado de este pueblo heroico. Pone a la ciudad en estado de defensa y forma sus tropas al norte de la misma, de espaldas a ella. Los españoles, confiados en su mayor experiencia, suponen el triunfo fácil. Flanquean por la izquierda la línea patriota para cortarles la retirada del sur, visiblemente, sin enmascarar sus movimientos; tan seguros están de la victoria. Belgrano cambia su frente hacia el oeste y el choque se produce. Es el 24 de setiembre de 1812, son las 8 de la mañana. Pronto la batalla se hace confusa, de difícil conducción. Los ejércitos se dividen, se fragmentan en grupos que pelean interpolados, medio ocultos por el humo hurente de los pajonales incendiados, mientras sobre el campo de las Carreras se abate una espesa manga de langostas que aumenta la confusión.

Recién al anochecer -ha sido toda una larga jornada de heroísmos individuales - Belgrano logra reunir a sus huestes vencedoras. Los realistas dejan en el campo de batalla 450 muertos, 700 prisioneros, 7 cañones, banderas y estandartes y, sobre todo, jirones de su petulancia de la víspera. Belgrano no ha logrado, empero, la decisión total. Tristán tiene tiempo de reunir los restos de su ejército y, sin ser molestado, se dirige hacia Salta.

La victoria tuvo gran repercusión en todo el país. Tucumán, "cuna de la libertad y sepulcro de la tiranía", la celebra jubilosa. El 27 de octubre se realizó una misa en acción de gracias. Por la tarde, cuando la procesión portaba en las andas a Nuestra Señora de las Mercedes, en medio de la conmoción universal, Belgrano puso el bastón que llevaba entre los cordones del atuendo de la imagen.

Durante los cuatro meses que siguieron al sonado triunfo, se refuerzan los efectivos del ejército y se aprovisiona para hacer frente a las necesidades de la próxima campaña, que tiene por meta a Salta. A principios de enero de 1813 el ejército se pone en marcha hacia el norte. Ya para el 11 de febrero el grueso de las tropas había cruzado el río Pasaje. Allí decide Belgrano que las tropas presten el juramento de fidelidad a la Asamblea General Constituyente que, con ; gran pompa, ha inaugurado sus sesiones en Buenos Aires el 31 de enero.

Por tercera vez despliega la bandera celeste y blanca ante el ejército formado. "Éste será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los nuevos campeones de la patria", les dice. Y luego, personalmente, y en forma individual, toma juramento a los soldados. Sobre una margen del río se yergue un árbol eminente y frondoso. Cuando los ecos de la marcha del ejército se pierden a lo lejos, sobre el gigante vegetal, mudo testigo de la emocionante ceremonia, queda prendido en su tronco, una tablilla, grabada a punta de cuchillo, donde se lee Río del Juramento. Tristán espera a Belgrano en Salta con casi 4.000 hombres. Los patriotas amagan atacar por el este, pero, imprevistamente, después de una marcha difícil por la fragosa quebrada de Chachapoyas, aparecen por el norte, aislando a Tristán de sus bases. Belgrano realizó así, exitosamente, una difícil marcha estratégica, que lo puso frente al enemigo en ventajosas condiciones.

El 20 de febrero de I813 después de tres horas de lucha se rindieron los españoles. Dos generales, 7 jefes, 117 oficiales y 2.683 soldados, desfilaron, vencidos, ante el ejército patriota. Los 600 muertos de ambos lados fueron enterrados en una fosa común, bajo la misma gigantesca cruz de madera. Las capitulaciones firmadas con Tristán, permitían a los realistas volver a sus casas, previo el juramento de no tomar nuevamente las armas contra las Provincias Unidas. Esta lenidad en las condiciones, desató, contra Belgrano, las críticas de los partidarios de una acción enérgica. "Siempre se divierten - le escribía a Chiclana los que están lejos de las balas . . . ".

La Asamblea Constituyente. con fecha 8 de marzo, dispuso premiar a Belgrano con 40.000 pesos y un sable con guarnición de oro por el brillante triunfo obtenido. Generosamente declinó el obsequio Manuel Belgrano. Y al hacerlo, comprometió para siempre la gratitud de Tarija, Jujuy, Tucumán y Salta, para quienes dispuso, con ese dinero, la creación de cuatro escuelas. "Que renunciar, es poseer".

Después de los triunfos de Tucumán y Salta, que fueron posibles por la desobediencia lúcida de Belgrano, el gobierno lo urge para que abra, nuevamente, la campaña del Alto Perú. Convaleciente de paludismo, desagradado por la falta de armonía entre algunos de sus jefes, con dificultades para abastecer su ejército, el general trata de conciliar los apuros de Buenos Aires, con la realidad que vive en Jujuy. Resueltos en parte sus problemas, dona al Cabildo de la ciudad un estandarte blanco con el escudo de la Soberana Asamblea pintado en el centro, para reemplazar al tradicional del rey, y se dirige a Potosí, la villa imperial, enjambre de gentes y de fortunas fáciles.

Desde la ciudad que lo recibe en mil atenciones, gobierna a los pueblos del Alto Perú y aumenta los efectivos de su ejército, para enfrentar a los 4.000 hombres del desanimado Goyeneche. Concentra ahí, en sus manos, el poder militar y el civil, lo que duplica sus trabajos y responsabilidades.

¡Hay que Ilegar a Lima!, es la consigna del momento. Nunca ha parecido más próxima tal posibilidad a los patriotas, como durante las semanas de preparación en Potosí. Los españoles no permanecen. por su parte, inactivos. Designan un nuevo jefe, Joaquín de la Pezuela, enérgico y decidido. Los acontecimientos se precipitan. Por ambos bandos se realizan expediciones de reconocimientos. Belgrano sale de Potosí y se dispone a levantar contra los españoles Ias poblaciones del Bajo Perú. Mientras tanto, Pezuela, por documentos caídos en su poder, se entera de Ios planes de Belgrano. Atrevidamente, contra todo lo esperado, avanza por las montañas, y presenta batalla en Vilcapugio el 1° de octubre de 1813. La lucha, reñidamente disputada, parece decidirse con el triunfo argentino y se inicia ya la persecución cuando, inesperadamente, se suspende el ataque. El respiro es bien aprovechado por los jefes realistas: agrupan a sus hombres, ponen en línea a las reservas y ganan, en una postrera y decisiva acción, la batalla casi perdida para Pezuela.

Los patriotas dispersos se van reuniendo en torno de su jefe, atraídos por la bandera que él sostiene en la diestra, o por el monótono son de los tambores que, ininterrumpidamente, convocan a los extraviados. Durante la noche, embozados entre las sombras, desfilan hacia Macha los restos del ejército de Belgrano: adelante, a caballo, los heridos; a pie, los de la retaguardia; al lado de los últimos, su general con el fusil al hombro y un tamborcillo de órdenes siguiéndolo, con dificultad, a su vera.

Como todos los demás idiomas aborígenes de América, el quichua carecía de alfabeto, y los cronistas e historiadores debieron expresar las voces autóctonas de acuerdo con su propia interpretación fonética y ortográfica, circunstancia que explica el por qué de la diversidad en las grafías de los vocablos indígenas. Voces ambas de origen quichua significan, y Vilcapugio: pozo santo; Ayohuma: cabeza de muerto. En Macha, Belgrano trata de llenar apresuradamente los claros de sus filas; volverá a combatir a pesar de la opinión de algunos de sus jefes; no va a dejar abandonados a esos pueblos que tan constantes le han resultado durante su permanencia en ellos. El ejército marcha entonces hacia la meseta o pampa de Ayohuma. El 14 de noviembre de 1813, después de tres horas de lucha, Belgrano es derrotado por Pezuela. Ahora ya no puede hacer pie en ese altiplano, tan hostil para las armas de la patria. Hay que retirarse otra vez,portando todo lo que pueda ser útil al enemigo, y quemar las cajas del parque y los fusiles para combatir el frío mortal de las alturas. Potosí, Mojos, de nuevo Humahuaca, el camino se desanda en un bajar incesante. Luego Jujuy, Salta, cuya población se marcha con el ejército en retirada llevándose hasta Ias campanas de sus iglesias; sólo quedan las partidas emboscadas en los cerros nativos. Belgrano - nunca más jefe que durante estas horas de prueba - está enterado de la llegada de un nuevo coronel, José de San Martín, quien ya ha hecho su estreno bélico en suelo americano.

Desde Lagunillas, Humahuaca y Salta, Belgrano, que admira sin conocerlo al nuevo jefe, le escribe notas urgiendo su venida. El general en jefe del Ejército del Norte, el vencedor de Tucumán y Salta piensa, sólo, en estas horas. en su tierra invadida. ". ..mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que Ud. se me acerca - le escribe a San Martín desde Jujuy porque estoy firmemente persuadido de que con Ud. se salvará la patria..."

Entre las poblaciones salteñas de Metán y Rosario de la Fronterá, bañada por el río Yatasto, se encontraba la hacienda del mismo nombre, establecida desde el siglo XVI. La casa principal, sobre el camino real que conducía al Alto Perú, se destacaba por el alto balcón, la extensa galería cubierta, sus talladas puertas de madera y las rojas tejas de media caña del techo salidizo.

Después de la revolución, durante las luchas en el Norte, su valor de posta ineludible se acrecentó al adquirir, también, valor estratégico. En Yatasto se encontró, Belgrano con Pueyrredón, para hacerse cargo del ejército del Norte, en 1812. También en Yatasto, se encontraron por primera vez Belgrano y San Martín. Éste había sido enviado con una columna de auxilio, desde Buenos Aires. Su abrazo con el jefe en desgracia, selló una amistad sin sombras.

Belgrano, desde mediados de diciembre, había solicitado su relevo del mando; sabía bien que la derrota exige siempre su tributo. Aceptó, entonces, sin vacilaciones, entregar el mando a San Martín y permanecer, con el grado de coronel, al frente de su querido regimiento Nº 1. San Martín, conocedor de hombres, que admira y estima a su reciente amigo, dilata para no herirlo, el momento de la decisión. El gobierno, por intermedio de Rodríguez Peña, le insiste en que debe hacerse cargo del mando y separar a Belgrano.

El 29 de enero, Belgrano comunicó al ejército la designación del nuevo jefe. Disciplinado y obediente, permaneció bajo las órdenes de San Martín, hasta el 1° de marzo cuando, exigido éste desde Buenos Aires, lo relevó de toda actividad. Belgrano había solicitado su baja definitiva del ejército, pero no se la concedieron, para someterlo a proceso, el cual nunca se substanció. Atacado nuevamente de paludismo, dolorido por la actitud intransigente del gobierno que hasta dificulta, con absurdos temores, su viaje a Buenos Aires desde Tucumán, se refugia en la quinta de un pariente, en San Isidro. Es allí en donde escribirá sus memorias, en la tranquilidad del reposo sanisidrense.

1814 es un mal año para la causa de Mayo. Perdido el Alto Perú y dueños los españoles de la iniciativa, se espera en el Norte la invasión inminente. Artigas, ya en franca lucha con Buenos Aires, domina las provincias ribereñas del Paraná. Hay cansancio y desaliento internos. La abdicación de Napoleón ha permitido a Fernando VII recuperar el trono de España y se habla de una numerosa expedición militar al Plata, comandada por el general Morillo. La política portuguesa en el Brasil se inclina, peligrosamente, a favor de los intereses españoles.

Presionado por las dificultades el gobierno de Buenos Aires trata de resolverlas por las vías diplomáticas. Intenta, entonces, a través del difícil juego de las cancillerías gestionar ante Inglaterra el reconocimiento de la independencia; ante España, la posibilidad de una avenencia y, ante la Corte portuguesa en el Brasil, una actitud más favorable hacia las provincias del Plata. Se decide, para cumplir lo concebido, enviar a Europa una misión diplomática. Se eligen los hombres: Bernardino Rivadavia, quien será el jefe virtual de las negociaciones, y Manuel Belgrano, a quien, por segunda vez; se designa representante argentino en el exterior.

Las instrucciones que reciben son de dos órdenes: ostensibles y reservadas. Figuraban entre las primeras, llevar al Rey de España las quejas del pueblo americano contra la opresión y los vicios de los virreyes y proponer un arreglo cuya ratificación la haría una Asamblea de las Provincias. En las instrucciones reservadas se establecía que las negociaciones con España deberían tener carácter dilatorio; el gobierno necesitaba tiempo. Además se ratificaban los deseos de romper con la Península, obtener la independencia y admitir, en caso externo, el establecimiento de una monarquía constitucional con un príncipe de alguna de las casas reinantes en Europa.

En diciembre de 1819, Rivadavia y Belgrano, partieron hacia Río de Janeiro, en la corbeta Zephir. En la ciudad brasileña conferencian con el ministro inglés lord Strangford sobre la actitud inglesa con respecto a la expedición española, que parece inminente, y sobre la posición que adoptará la Corte portuguesa. En mayo de 1815 desembarcan los diplomáticos en Falmouth. Rivadavia se dirige a Madrid, y Belgrano; a Londres, donde encontró a Sarratea.

Ambos se entrevistaron con las autoridades competentes inglesas de acuerdo con las instrucciones recibidas, pero nada de provecho se obtuvo. Aparece entonces en escena un aventurero que decía tener influencia en las cortes europeas, el conde Cabarrüs. Sarratea, por su cuenta, había iniciado por intermedio de éste, gestiones ante el ex rey Carlos IV de España quien residía en Roma. Se buscaba que el infante don Francisco de Paula Borbón, hermano menor de Fernando VII, pasase al Río de la plata como soberano.

Por otra parte, Sarratea, dominado por el aventurero, propone raptar al infante y llevarlo a América. El buen criterio de Rivadavia y Belgrano se opone a este proyecto descabellado.

Las gestiones en Londres han fracasado; el plan de Cabarrús es inaceptable; Rivadavia, atendido duramente en Madrid, ha debido salir, en términos perentorios, del territorio de la Península.

El gobierno del Plata llama a sus representantes. En noviembre de 1815 se embarca, Manuel Belgrano, con destino final en Tucumán. Rivadavia permanece unos años, aún en Europa. El primero vuelve para cumplir la última etapa de su actuación pública. Para Rivadavia no han llegado todavía las horas de la mayor gloria y del mayor dolor.

Cuentan que, una vez en Tucumán, en 1816, durante un baile donde se celebraba la declaración de la indepenencia, Belgrano conoció a María Dolores Helguero, una bella tucumana de 18 años. Se enamoraron y ella quedó embarazada, pero don Manuel ya había partido a Santa Fe, respondiendo a órdenes desde Buenos Aires.

El 4 de mayo de 1819, nació la única hija de la pareja, a la que bautizaron con un nombre similar al del padre: Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano. Los enamorados volvieron a encontrarse, pero no pudieron casarse porque ella había sido casado, por sus padres, con alguien a quien no quería. Belgrano adoraba a su hijita, pero pudo disfrutar muy poco de su paternidad.

En 1819, tuvo el primer ataque, serio, en su salud. Su tienda era desabrigada y húmeda y pasó la noche con respiración anhelante y dificultosa, según cuenta don Manuel Antonio Castro. La enfermedad incurable - una avanzada hidropesía - no le permitió continuar en servicio. Se resistió, empero, a abandonarlo; sólo al cabo de sus fuerzas y ante la insistencia de los más allegados, solicitó licencia.

El 11 de setiembre de 1819, dejó el mando a su sucesor, el general Francisco Fernández de la Cruz. El día anterior se había despedido del ejército con sentidas palabras: "Me es sensible separarme de vuestra compañía, porque estoy persuadido de que la muerte me sería menos dolorosa, auxiliado de vosotros, y recibiendo los últimos adioses de la amistad".

Los lazos íntimos y entrañables que tenía en Tucumán lo impulsan a dirigirse a esa provincia tan unida a sus recuerdos. Sin embargo, a poco de llegar, tras un viaje mortificante por los achaques de la enfermedad, un cuartelazo dirigido por un oficial irresponsable lo enfrentó con el vejamen: pretendieron arrestarlo en su domicilio y ponerle grillos. La enérgica actitud de su amigo, el médico don José Redhead, impidió que se consumara la afrenta.

Días después, impuesto el Congreso del hecho insólito; recomendó al nuevo gobernador, don Bernabé Aráoz, que atendiese y prestase toda la colaboración que le requiriese el general en jefe del ejército. Pero ya a Belgrano se le hacían largos los días tucumanos. Sólo lo detiene la falta de recursos.

Felizmente, lo que el erario público no pudo hacer por él, lo hizo un comerciante argentino, don José Celedonio Balbín. Antiguo conocido de Belgrano - "me honraba siempre llamándome su amigo" - fue de los pocos que lo acompañaron en sus tribulaciones en la postrera visita a Tucumán. Que nunca falta al virtuoso que pena quien lo reconforte con el aliento de su presencia.

En enero de 1820, Belgrano sentía que su estado empeoraba. "Yo quería a Tucumán como a mi propio país - dice a un amigo - pero han sido tan ingratos conmigo, que he determinado irme a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava día a día". Resuelto el viaje y solucionados, en parte, los problemas económicos, con el préstamo de 2.500 pesos que le hace, al general, su amigo Balbín, se inició la marcha a principios de febrero. Acompañaban a Belgrano, el doctor Readhead, su confesor, el padre Villegas, y los dos ayudantes, Sargentos Mayores Jerónimo Helguera y Emilio Salvigni.

A las incomodidades de un viaje hecho sobre caminos marcados a rueda de vehículos, y al alarmante avance de la enfermedad -debía ser bajado en cada posta y conducido a la cama- se unieron desaires y contrariedades. En Córdoba, la falta de dinero obligó a interrumpir el viaje. Un amigo porteño, Carlos del Signo, adelantó los 400 pesos necesarios. A fines de marzo, llegó Belgrano a su ciudad natal, conducido por la solicitud y la generosidad de unos pocos y consecuentes amigos.

Después de permanecer algunos días en la quinta de San Isidro, entró en la vieja casona de la calle Pirán (hoy Avenida Belgrano), a pocos pasos de Santo Domingo. Sabía que llegaba para morir y, cristianamente, esperaba la hora decisiva.

Poco antes de morir, en un momento de lucidez, dijo: "Pensaba en la eternidad a donde voy y en la tierra querida que dejo. Espero que los buenos ciudadanos trabajarán para remediar sus desgracias".

El 20 de junio, a las 7 de la mañana, y ocupados sus pensamientos por la amada patria en crisis, murió el ilustre general Manuel Belgrano.

Amortajado, según su deseo, con el albo hábito domínico, fue enterrado a la entrada de la Iglesia de Santo Domingo, por un núcleo reducido de parientes y amigos. Un solo periódico dio la noticia, "El despertador teofilantrópico" de fray Francisco Castañeda.

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Carlos Nicolás Félix Belgrano y Belgrano 1709-   María Gentile Peri   Juan Manuel González Islas   Marí­a Inés Casero Ramírez
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Domingo Francisco María Cayetano Belgrano y Peri 1730-1795   Marí­a Josefa González Casero 1743-1799
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General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González Casero 1770-1820