Pancho Ramos


  • Født den 20. november 1773 - Buenos Aires
  • Død den 5. mai 1828 - Tapiales , alder 54 år
  • Hacendado, Funcionario y Colonizador

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"Pancho" Ramos, como se le decía en el círculo de sus amistades, nació en Buenos Aires mientras se desempeñaba, como gobernador, don Juan José de Vértiz y Salcedo. A los 26 años de edad partió para el Alto Perú, en busca de mejores horizontes de trabajo y, en la ciudad de La Paz, se casó, en 1804, con María Antonia de Segurola.

El matrimonio hizo que la situación patrimonial de Francisco cambiara diametralmente, porque su flamante esposa aportó, como dote, extensas y valiosas fincas rurales ubicadas en lo que hoy es territorio boliviano; algunas de ellas dedicadas a la explotación de la coca, para lo que se utilizaba mano de obra indígena.

A los dos años de casado, regresó Francisco a Buenos Aires, acompañado de su mujer y de lo recaudado por la enajenación de su dote. Hicieron la larga travesía, desde el Alto Perú, junto con ayudantes y 200 esclavos, en una lenta y riesgosa marcha, transportando una muy valiosa carga de barras de oro y plata, y un cuantioso numerario de onzas de oro.

Cuando llegaron a Buenos, ya se había rechazado la primera Invasión Inglesa y Liniers ocupaba interinamente la gobernación de la ciudad, en reemplazo de Sobremonte, separado de su cargo por el Cabildo.

Al año siguiente se produjo la segunda invasión inglesa, que corrió la misma suerte adversa de la primera, y en el heroico comportamiento de todo el pueblo de Buenos Aires, no cabe descartar que la familia Ramos Mexía prestara su adhesión a la lucha.

Recuperada la paz, Francisco y María Antonia decidieron ,en 1808, invertir parte de la fortuna que habían traído del Altiplano. Con ese objeto adquirieron, a don Martín José de Altolaguirre, una extensión de tierras en la zona de La Matanza, que se escrituró el 25 de octubre de 1808, ante el escribano don Mariano García de Echaburu. La chacra se extendía, en forma de cuadrilátero, desde el río Matanza hasta los montes de tala que llegaban al Palomar de Caseros, con una superficie de más de seis mil hectáreas. Entre sus límites se hallaba todo lo que hoy constituye el ejido urbano de la ciudad de Ramos Mejía.

Contaba con diversas arboledas y potreros cercados con tapias de tierra revestidas por ambos lados con tunas de penca, en el interior del establecimiento, las que deben haber originado el nombre posterior de la chacra "Los Tapiales". También incluía un amplio caserón situado frente a lo que hoy es la autopista a Ezeiza, a mil metros hacia el sudoeste de la Capital Federal. Avanzando en la cronología de los hechos comentemos que la citada casona fue declarada monumento histórico en el año 1942 y que en el año 1968, siendo su propietario un descendiente de los Ramos Mexía, Agustín de Elía, Comisionado de la Municipalidad de la Matanza en 1931 e Intendente en 1941, se declaró al predio de utilidad pública y fue expropiado para levantar en la zona el Mercado Central de Buenos Aires. Dentro de los límites de éste se conserva hoy el caserón de la chacra, bajo la tutela de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.

Cuando en 1808, los Ramos Mexía tomaron posesión de la chacra, no se conocía aún el alambrado de los campos, por lo que el perímetro de aquella estaba marcado con ciento cuarenta grandes mojones de piedra. Es recién en 1845 que se instaló por primera vez en el país un cerco de alambre, y a partir de la encendida campaña de Sarmiento, instando a los hacendados rutinarios y retrógrados con su frase "¡Cerquen, no sean bárbaros!", se difundió por toda la zona rural el uso del alambrado. Los que más sufrieron por su implantación fueron los gauchos, que se vieron cercados y limitados en su libertad de desplazamiento nómade, al punto que en algunos casos arremetían cortando los alambres con un golpe de su largo y pesado facón.

Por lo demás, en los extensos campos de la chacra ya se habían extinguido los caballos baguales y las vaquerías (ganado mostrenco e indómito), descendientes por multiplicación de los primeros yeguarizos y vacunos abandonados en la pampa por los primeros conquistadores españoles. Don Francisco Ramos Mexía se ocupó de acrecentar la explotación racional de la ganadería y registró una marca para su hacienda.

Ocurridos los sucesos de mayo de 1810, adhirieron en forma inmediata a los principios de la Revolución, colaborando pecuniariamente y ocupando, don "Pancho", un puesto en el Ayuntamiento; primero como Juez de Menores y luego como Alférez Real. Según Carlos Ibarguren, Ramos Mexía era una personalidad singular "...que ejerció sobre las tribus indígenas un ascendiente extraordinario. Místico y luchador, fue un apóstol cristiano, a su manera, que predicaba una original interpretación de los Evangelios. Su influencia sobre los caciques fue tal que éstos lo designaron como plenipotenciario para concertar un tratado de amistad con el gobierno de Buenos Aires, el que fue representado en esa negociación por el general Martín Rodríguez".

Estas facetas de su actividad le acarreaban desavenencias políticas con el gobierno de turno y con las autoridades eclesiásticas, y problemas económicos con otros hacendados; lo que determinó ,a principios de 1821, fuera confinado por las autoridades en "Los Tapiales". Esta medida agobió su ánimo, deterioró su salud y apresuró su muerte, ocurrida el 5 de mayo de 1828, a los 55 años de edad.

Dejemos que sea José María Pico, su tataranieto, quien nos relate un episodio, singular, ocurrido bajo esas circunstancias: "El mismo día de la muerte de Ramos, su familia inició trámites para darle descanso en un sepulcro edificado en el parque de su chacra. Dos días con sus noches pasaron sin lograrse el consentimiento para la inhumación. Transcurría ya la tercera noche y Ramos Mexía continuaba, entre cuatro hachones, en una de las estancias de su casa. Imprevistamente, cuando ya clareaba, ocho indios pampas, de los que llegaron con él desde el desierto y acampaban, desde entonces, en "Los Tapiales", entraron silenciosamente en el cuarto del túmulo, tomaron la caja en la que Ramos Mexía yacía y marcharon con ella hasta el portalón. Allí la posaron en una carreta y, detrás de ella, formaron cortejo con toda la indiada que estaba de guardia. El indio boyero movió su picana, chillaron los ejes y la lerda carreta inició su marcha, entre cercos de tunas y plantas esbeltas, con rumbo al desierto. Los indios amigos, montados en pelo, con el sol ya alto, cruzaron el río Matanzas y, en señal de honra y a sones de duelo, siguieron al carro que, escoltado entonces por cañas tacuaras y gritos de teros, se perdió a lo lejos".

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